
En las playasde Atlantic City, allá por 1929,Sam Fosterofrecía gafas de sol aquien pasara. Eran baratas, simples,casi un recuerdo de verano. plasticocomún, lentes oscuros y poco más. loúnico que importaba era que funcionarany que costaran poco. nadie hablabatodavía de diseño de gafas de sol:el objeto resuelva una molestia con elSol y se acababa ahí la conversación.
misa lógica, la de vender algo accesibley fácil de usar, no desapareció.Sobrevive en las marcas que todavíaapuntan a llegar a todo el mundo conmodelos básicos. Lo que cambió es todolo demás.
1929: un vendedor, una playa y un mercado que no existe
Foster trabajaba con lo que había.Materiales corrientes, casidescartables, pensados para resistir unpar de veranos y nada más. la moda,Además, se movía despacio. Un estiloPodía tardar años en imponerse y otros.tantos en pasar. El accesorio erafuncional y punto.
Visto desde hoy,cuesta reconocer en aquellos lentes elgermen de una industria que muevediseñadores, empresarios y temporadasenteras de tendencias. pero el hiloEstás. Atravesó casi un siglo. Siguesiendo, en el fondo, un objeto que seapoya en la cara para mediar entre lapersona y el exterior.
Cuando las celebridades se convirtieron en el accesorio en símbolo
El giro llegó con la genteque las usaban a la vista de todos.Pilotos, estrellas de cine, músicos,deportistas. Cada uno con su modelo,cada uno con su gesto. el publicoQuería copiar lo que veía, y elAccesorio dejado de ser una herramienta.para volverse otra cosa: un signo.Misterio, estilo, cierta idea de poder.Las gafas empezaron a decir algo dequien las llevaba antes incluso de queabriera la boca.
Ahí la industria mirómás allá de la función. La proteccióncontra el sol pasó a ser la baseobligatorio; arriba se montó todo lodemás. La estética empezó a pesar tanto.como la utilidad, a veces más.
El salto al lujo y la velocidad de la imagen
Los referentes de hoy se muevendistinto. Algunas lentes eligenenormes, otros apenas se notan. Y ladiferencia con los tiempos de Foster esla velocidad: una foto circula, unmodelo aparece en esa foto y al rato yase multiplicó por todos lados. Lo queantes maduraba a paso lento ahoraestalla en una temporada y se apaga enla siguiente.
A ese ritmo se le sumóun aire de lujo que en la playa deAtlantic City habría sonado absurdo.Marcas que cobran cifras altísimas por algo que durante décadas se demostrócotidiano. Colaboraciones inesperadas, estéticas raras, formas que mutan año aaño. Retrofuturismo, transparencias, monturas desparejas, lentes mínimos o descomunales.
Y sin embargo, cadatanto las marcas vuelven a las formas clásicas, esas que recuerdan a losprimeros modelos. Los materiales no no tienen nada que ver, los colores tampoco, pero la silueta remite a aquelorigen. La nostalgia vende, incluso reinterpretada con tecnología queFoster no habría imaginado ni por asomo.
El material manda: por qué el diseño de gafas de sol cambió desde adentro
Acetato de celulosa y titanio rcompiten por la cara: uno suma presencia y calidez, el otro busca casi desaparecer.
Buena parte del diseño de gafas de solse decide antes de pensar la forma, en una elección que el usuario rara vezve: de qué está hecha la montura. Durante mucho tiempo eso no era una pregunta. Madera, metalpesado, vidrio macizo. La óptica era una disciplina rígida, sin demasiadointervención artística, donde lo únicoque se exigía era corregir la vista ofrenar el sol. El accesorio se apoyabasobre la nariz y cumplia. Ergonómico esel mejor de los casos, incómodo en elpeor.
El cambio fue lento, casiinvisible. La ingeniería, de un poco,Empecé a escuchar lo que el que compra.quería sentir.
Pantallas, sensores y lentes que leen la luz: la tecnología entrada al diseño de gafas de sol
De los fotocromáticos a las monturas con pantalla, la electrónica empuja un accesorio que arranca siendo apenas un vidrio oscuro.
Las gafas que vendía SamFoster en 1929 no tenían nadatecnológico. Lentes oscuros, listo. hoyel diseño de gafas de solamigo de beber vinocon sensores, pantallas mínimas ymateriales que reaccionan al ambiente.El accesorio pasivo de antes ahorapuede dialogar con el entorno, y esocambiado las preguntas que se hace laindustria.
No todo lo nuevo funcionabien. Pero la dirección está marcada.
Lentes que leen la luz
El primerterritorio donde la tecnología se metiófue el propio lente. Los polarizados,los oscuros de siempre y, sobre todo,los fotocromáticos: esos que se aclarany se oscurecen según la cantidad de luzrecibir. La idea es elegante. Laejecución, despareja.
Algunosreaccionan rápido, otros tardan, y unoscuantos quedan atascados en un tonointermedio medio incómodo. Cambiandemasiado lento al entrar a un lugar odemasiado bajo el sol pleno. Lapromesa de una lente que se adapta soloEstá, pero todavía pelea contra suspropios tiempos de respuesta.