El legado de Oliver Goldsmith y la invención de las gafas como moda

Hubo una época, no muy lejana, en la que tener mala vista era una condena social. Antes de la década del cincuenta, los anteojos se consideraban aparatos ortopédicos necesarios pero vergonzosos, al mismo nivel que una muleta o un audífono. La gente trataba de usarlos lo menos posible en público. Eran de alambre fino, frágiles y buscaban ser invisibles. La marca que terminó con esa timidez no fue una casa de ropa de París, sino una familia de ópticos de Londres. Oliver Goldsmith fue la primera firma que se animó a decir que las gafas no tenían que esconderse. Al contrario, tenían que ser lo primero que se viera en la cara de una persona.

Esta empresa familiar es la responsable de casi todo lo que hoy entendemos como estilo “retro” o “vintage”. Fueron ellos los que inventaron el concepto de las gafas de sol de gran tamaño, los marcos de acetato grueso y las formas geométricas que definieron la estética de los años sesenta. Transformaron un objeto médico aburrido en un accesorio de deseo. Entender su historia es entender cómo Londres pasó de ser una ciudad gris de posguerra a ser la capital mundial del estilo durante el “Swinging London”.

El error histórico de Audrey Hepburn

El impacto de la marca en la cultura pop es tan grande que a veces se le atribuyen méritos equivocados o se borra su nombre de la historia. El ejemplo más claro es la película “Desayuno en Tiffany’s”. Existe una creencia popular, alimentada por el marketing moderno, de que las gafas oscuras que usa Audrey Hepburn en la escena inicial son el modelo Wayfarer de Ray-Ban, pero eso es mentira.

El anteojo que lleva Holly Golightly mientras baja del taxi con su vestido negro es el modelo “Manhattan” de Oliver Goldsmith. Ese diseño específico capturó el espíritu de la época mejor que ningún otro objeto. Era grande, levemente redondeado pero con ángulos definidos y daba un aura de misterio. Millones de mujeres quisieron copiar ese aspecto. Las gafas de sol dejaron de ser un elemento funcional para protegerse del brillo en la playa y pasaron a ser una herramienta urbana para caminar por la ciudad con actitud.

Michael Caine y el espía intelectual

Si Hepburn definió el estilo femenino, Michael Caine hizo lo mismo con el masculino, y también lo hizo usando Goldsmith. En la película “Ipcress File”, Caine interpretó a Harry Palmer, un espía que era la antítesis de James Bond.

El rasgo distintivo del personaje eran sus anteojos de marco negro grueso. Hasta ese momento, el héroe de acción no usaba lentes. Los lentes eran para el científico o el contador. Oliver Goldsmith rompió ese estereotipo. El armazón negro le daba a Caine una mirada dura y autoritaria. Demostró que se podía usar anteojos y ser un tipo rudo. Ese modelo específico de acetato negro sólido se convirtió en un estándar del diseño británico que sigue vigente hasta hoy.

Experimentación material en el taller

Lo que separaba a esta marca de sus competidores era la forma de trabajar el material. En los años sesenta no dependían de la inyección de plástico industrial. Todo se hacía a mano en sus talleres de Londres.

Esa libertad artesanal les permitió hacer locuras. Durante el pico de la psicodelia londinense, Goldsmith funcionó como un laboratorio de vanguardia. No tenían miedo al ridículo. Fabricaron anteojos con formas asimétricas, usaron bambú real, piel de víbora y hasta incrustaron termómetros y relojes en los puentes nasales. Hicieron armazones inspirados en pelotas de tenis cortadas al medio para el torneo de Wimbledon. Trataban al anteojo como una escultura humorística. Muchas de esas piezas eran conceptuales y solo salían en revistas, pero servían para mantener a la marca en el centro de la conversación cultural.

La conexión con la realeza

El alcance de la firma cruzó todas las barreras sociales. Al mismo tiempo que vestían a los Rolling Stones y a John Lennon, eran proveedores oficiales de la Casa Real británica. La Princesa Grace de Mónaco y la Princesa Margarita eran clientas habituales.

Ver a la realeza usando estos diseños modernos y grandes ayudó a legitimar el uso de anteojos de sol en situaciones formales. Dejó de ser un accesorio de rebeldes o artistas para convertirse en un elemento aceptado por la élite conservadora. Esa capacidad para estar en la cara de una estrella de rock y en la de una princesa al mismo tiempo es lo que cimentó la leyenda de la marca.

La vigencia de lo material

Hoy, cuando alguien compra un Oliver Goldsmith, no está comprando una copia retro hecha por una marca genérica. Está comprando el diseño original que dio origen a la tendencia. La fabricación sigue respetando los procesos manuales, utilizando acetatos italianos de primera calidad y bisagras robustas que se sienten firmes al abrir y cerrar las patillas.

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