Kuboraum y el concepto de máscaras de acetato diseñadas en Berlín

En la industria de la óptica existe una regla no escrita que casi todos respetan: el anteojo debe ser discreto, liviano y favorecer las facciones del usuario. Se busca la armonía, la simetría y el brillo perfecto. Pero en 2012, desde un estudio oscuro en Berlín, dos personas decidieron que esa lógica estaba agotada.

Livio Graziottin y Sergio Eusebi lanzaron Kuboraum con una premisa que molestó a los puristas. Dijeron que ellos no fabricaban gafas de sol. Fabricaban “máscaras”. Esa diferencia de palabras no es un detalle menor. Cambia por completo la relación entre el objeto y la cara. Mientras un anteojo convencional intenta integrarse, una máscara de Kuboraum intenta transformar la identidad de quien la lleva puesta. Es un objeto que añade peso, volumen y carácter, funcionando más como una arquitectura facial que como un accesorio de moda.

Escultores, no diseñadores

La razón por la que estos anteojos se ven tan distintos es que Livio Graziottin no viene del diseño industrial tradicional. Es escultor. Cuando él agarra un bloque de acetato, no piensa en ergonomía ni en tendencias de verano. Piensa en volumen. Trabaja el material quitando lo que sobra, como si fuera mármol o arcilla.

Por otro lado, Sergio Eusebi aporta una visión antropológica. Para él, cubrirse los ojos es un acto de poder ancestral. Las máscaras se usaron en todas las culturas para rituales, para la guerra o para el teatro. Al ponerse una de estas piezas, el usuario crea una distancia con el entorno. Se protege detrás de una estructura gruesa. Es una especie de refugio portátil. La marca entiende que la gente que compra sus productos no quiere pasar desapercibida. Al contrario, buscan proyectar una imagen fuerte, casi intimidante, utilizando el anteojo como una declaración de principios.

La estética de la destrucción

Lo primero que llama la atención al tocar un armazón de esta marca es la textura. La gran mayoría de las gafas de lujo buscan el “pulido espejo”, donde el plástico brilla tanto que parece vidrio. Kuboraum fue pionera en hacer exactamente lo opuesto. Ellos introdujeron la estética de lo quemado y lo martillado.

Fuego y herramientas pesadas

En sus talleres, los artesanos utilizan sopletes para derretir partes del acetato de forma deliberada. Generan cicatrices en la superficie, bordes derretidos que parecen cera fundida y texturas rugosas que recuerdan a la piedra volcánica o al asfalto. También usan martillos y herramientas de metal para golpear los frentes y las patillas, creando abolladuras y marcas irregulares.

Hacer esto es mucho más difícil que pulir. Si el artesano se pasa de calor con el soplete, la estructura molecular del acetato se rompe y el anteojo se vuelve frágil. Si golpea demasiado fuerte, lo parte. Tienen que encontrar el punto exacto donde el material parece destruido estéticamente pero sigue siendo estructuralmente sólido. Cada pieza termina siendo levemente distinta a la otra porque el fuego nunca actúa igual dos veces. Es la antítesis de la producción en serie perfecta y aburrida.

Tubos y arquitectura en la cara

Más allá de las texturas, la marca rompió los moldes con las formas. Tienen una serie famosa que está construida con tubos de acetato. En lugar de cortar una plancha plana, ensamblan cilindros de distintos colores y grosores, como si fueran cañerías industriales conectadas entre sí.

Ver uno de estos anteojos de cerca es impresionante. Las uniones entre los tubos son invisibles al tacto. Lograr que una lente plana encaje firme dentro de un marco hecho de tubos curvos es una pesadilla de ingeniería. Ahí es donde se nota la mano de obra italiana. Consiguen que un diseño que parece un experimento artístico imposible de usar sea, en realidad, cómodo. El peso está distribuido de tal forma que la máscara se asienta sobre la nariz y las orejas sin caerse hacia adelante, a pesar de su tamaño masivo.

El local como galería de arte

La experiencia física de la marca refuerza su concepto. Su tienda insignia en Berlín, ubicada en el límite entre los barrios de Mitte y Kreuzberg, no se parece a ninguna óptica tradicional. No hay luz blanca clínica, ni vendedores de guardapolvo, ni espejos perfectamente iluminados. El lugar parece una galería de arte contemporáneo o la entrada a un club nocturno.

El espacio es oscuro, con paredes de cemento gris y techos altos. Los anteojos no están en estantes de vidrio cerrados. Están apoyados sobre mesas de metal oxidado, colgados de instalaciones de alambre o exhibidos como reliquias en un museo del futuro. La música ambiental suele ser grave y repetitiva. Entrar ahí intimida un poco. No es un lugar para ir a buscar un anteojo para leer en la playa. Es un destino para quienes entienden que la estética es algo serio y a veces incómodo.

Un nicho para personalidades específicas

Está claro que Kuboraum no es para todo el mundo. Sus diseños son grandes, pesados y visualmente ruidosos. Una persona que busca discreción se sentiría disfrazada con uno de estos armazones. El público de la marca es muy específico: arquitectos, músicos, directores de cine y gente que usa la ropa como una forma de expresión artística.

El costo de estas piezas es alto, y se justifica por la complejidad de la manufactura manual. Usan acetatos de la firma Mazzucchelli, pero tratados de formas que nadie más se atreve a probar. Las lentes suelen ser de la marca Zeiss, con tintes suaves o degradados que permiten ver los ojos del usuario. Esto es intencional: la máscara enmarca la mirada, no la esconde del todo. La idea es potenciar la presencia de la persona, no anularla.

Aunque se mueven en un nicho muy cerrado, la influencia de Kuboraum en la industria general fue enorme. Antes de ellos, el acetato mate o texturado se veía como un defecto de fabricación. Después de su éxito, muchas marcas comerciales empezaron a sacar modelos con terminaciones “rústicas” o industriales. Validaron la idea de que la belleza no siempre es sinónimo de perfección y brillo.

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