Las primeras gafas de la historia

No era fácil utilizar gafas de tijera y mantener una conversación al mismo tiempo porque el mango o la mano quedaban frente a la boca. Alrededor del año 1780, un inglés llamado George Adams diseñó los impertinentes. El primer modelo constaba de dos lentes redondas con un largo mango rígido en uno de los lados. En algunos tipos de impertinentes la parte de los cristales podía doblarse y guardarse en el mango para protegerlos. Hacia 1818, el francés M. Lepage inventó unos impertinentes con bisagra en los que se suprimían las lentes dobles sujetas al mango. Llegados a este punto, los impertinentes ya eran de tamaño más reducido y presentaban más ornamentación. Los modelos con bisagra gozaron de gran aceptación durante la Regencia (18041830). La versión con muelle no tardaría mucho en ver la luz. Este modelo se caracterizaba por presentar un pequeño botón en el mango que hacía salir las dos lentes una después de la otra. Dada la popularidad y el carácter decorativo de los impertinentes con muelle y los impertinentes con bisagra, estos utensilios llegaron a considerarse joyas. Hacia 1850, los impertinentes se alargaron y el mecanismo de muelles o bisagras desapareció de nuevo, con lo que las lentes volvieron a guardarse dentro del mango.

Durante el siglo XVIII, los miembros acomodados de la burguesía empezaron a frecuentar los teatros, a cuyas representaciones el público solía acudir provisto de gemelos que le permitieran ver mejor qué pasaba en el escenario. Estos útiles eran versiones del telescopio y podían enfocarse mediante un mecanismo de ruedecillas. A menudo, los gemelos de teatro se sostenían frente a los ojos mediante un mango. En realidad, se utilizaban más para observar a las demás personas del público que para seguir la función. La gente se miraba detenidamente y se fijaba en qué vestían unos y otros y quién se sentaba con quién. Se trataba de un terreno abonado para el flirteo sutil y el espionaje. Los prismáticos también eran un artículo de primera necesidad en las representaciones teatrales. Los primeros, llegados de Italia, estaban hechos de madera o cartón recubierto de cuero. Durante la Regencia, tenían forma de pera y eran lo bastante pequeños como para esconderlos en el bolsillo de la chaqueta. Paulatinamente su tamaño se redujo hasta el punto de poderlos acoplar a abanicos, parasoles, bastones y cajitas de rapé.

Aproximadamente medio siglo después de la invención de las primeras gafas, se descubrió que se sostenían más fácilmente sobre la nariz si se añadían unas patillas laterales flexibles a la montura. Es probable que este modelo se diseñara en España. Era habitual ver varillas sujetas a los extremos de las gafas; su misión era reducir la presión y repartirla también sobre las sienes. Dado que las varillas (conocidas también como patillas) hacían presión contra los lados de la cabeza, esta variante se denominaba también gafas de varillas cerradas. Durante la era rococó (17201770), cuando estaba de moda llevar peluca, las patillas se hicieron más largas para poder introducirlas dentro de las pelucas. Esta versión se bautizó como gafas de peluca.

El tipo de gafas con el que estamos familiarizados hoy en día deriva de las gafas de patilla, creadas en 1752 por el inglés James Ayscough. Este inventor desarrolló su primer modelo con unas piezas laterales dobladas hacia adentro, es decir, con patillas que podían doblarse por la mitad gracias a una bisagra. Posteriormente diseñó otro modelo, en el que las puntas de las patillas se doblaban hacia abajo y podían ponerse tras las orejas. Para los usuarios de gafas que preferían no hacerlo se creó un modelo con patillas extensibles que podían estirarse y rodear toda la nuca. La forma de las monturas y las lentes de las gafas de patillas experimentó algunos cambios durante los siglos XVIII y XIX. Así, podían encontrarse lentes redondas, ovaladas, octogonales y cuadradas. También existían lentes dobles que se doblaban hacia los lados y modelos con cristales coloreados, que pueden considerarse las primeras gafas de sol. La forma del puente entre las lentes también se modificaba con frecuencia. Las monturas se fabricaban en cuerno, carey, plata, oro, latón o chapa de níquel. En el siglo XIX, las varillas se doblaban hasta conformar un modio arco, con lo que se mantenían tras las orejas con total segundad.

Los primeros quevedos fueron diseñados en 1825 por el francés Joseph Bressy. El puente entre las dos lentes se insertaba en una pieza semicircular flexible que se colocaba sobre la nariz. Una vez situado sobre este apéndice, el puente debía replegarse ligeramente y, a continuación, volvía a su lugar automáticamente. Aunque costaba un poco acostumbrarse a este modelo, pronto se crearon diversas variantes del mismo, sobre todo en Francia. Otro francés, llamado M. Thiroin, inventó unos quevedos cuya montura estaba totalmente hecha de carey, que dieron en llamarse quevedos chinos o japoneses. Los quevedos de muelle o cilíndricos se caracterizaban por presentar muelles de forma espiral montados sobre un cilindro metálico, lo que permitía moverlos hacia delante y hacia atrás. Existía otro modelo que, en lugar de un puente flexible, contaba con dos aletas sujetas a la montura mediante muelles. Para colocarse estas gafas, había que separar dichas aletas con el pulgar y el índice y, a continuación, soltarlas para que volvieran a su sitio. A este hecho debían su nombre original: pincenez. Los quevedos eran muy apreciados entre los miembros adinerados de la clase media decimonónica, que opinaban que este objeto les daba un aire inteligente. A pesar de todo, todavía se consideraba de mala educación no quitarse las gafas al hablar con un superior. En consecuencia, los estudiantes no podían llevarlas en presencia de los profesores. En Alemania, Francia e Inglaterra también existía la costumbre de quitarse las gafas al saludar a alguien o al presentarse.

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